miércoles, 19 de noviembre de 2008

SABER QUE NO SÉ

La conciencia de la ignorancia como condición del saber

El discurso transcripto a continuación es la defensa desarrollada por Sócrates ante el tribunal judicial que lo procesó, según la recreación que de él hizo Platón

Algunos de ustedes podría tal vez replicar: «Pero Sócrates, ¿cuál es tu ocupación? ¿Cómo se han originado estas ideas falsas acerca de ti? Pues, sin duda, si no te hubieras ocupado en algo más llamativo que lo que hacen los demás, no se habría generado tal fama ni se dirían tales cosas si no obrases de manera distinta que la mayoría. Dinos, pues, de qué se trata, para que no opinemos de ti con ligereza».

Me parece que el que dijera tales cosas hablaría con justicia, y precisa­mente intentaré explicarles qué es lo que me ha creado tal reputación y tal falsa imagen. Escúchenme entonces. Quizá parezca a algunos de ustedes que bromeo; sepan, sin embargo, que les diré toda la verdad. En efecto, señores atenienses, por ninguna otra cosa que por una cierta sabiduría es que he adquirido esta reputación. Pero, ¿qué clase de sabiduría es ésta? Precisamente la que es de alguna manera sabiduría humana[1]. En ella sí me atrevo a decir que soy realmente sabio; probablemente, en cambio, aquellos que acabo de mencionar serían sabios en alguna sabiduría sobrehu­mana, o no sé qué decir [de ella]; yo, en efecto, no la poseo, y el que lo afirme miente y habla con una idea errónea. Por favor, no me interrumpan aunque les parezca que hablo con pedantería; pues no hablaré por mí mismo, sino que remitiré lo que digo a alguien digno de fe. Como testigo de mi sabiduría -si es que es sabiduría- y de cómo es ella, pongo al dios de Delfos[2]. Seguramente han conocido ustedes a Querefonte, cuánta pasión ponía en lo que emprendía. Pues bien, en cierta ocasión que fue a Delfos, se atrevió a preguntar al oráculo[3]... pero repito, señores, no me vayan a interrum­pir; preguntó si había alguien más sabio que yo. La pitonisa le respondió que no había nadie más sabio. Y acerca de estas cosas puede testimoniar su hermano, aquí presente, ya que Querefonte ha muerto. Dense cuenta ustedes por qué digo estas cosas: les voy a mostrar, en efecto, de dónde se ha originado la falsa imagen de mí. En efecto, al enterar­me de aquello reflexionaba así: «¿Qué quiere decir el dios y qué enigma hace? Porque lo que es yo, no tengo ni mucha ni poca conciencia de ser sabio. ¿Qué quiere decir, entonces, al afirmar que soy el más sabio? No es posible, sin embargo, que mienta, puesto que no le está permiti­do». Y durante mucho tiempo dudé acerca de lo que quería decir, hasta que con grandes escrúpulos me volqué a su investigación, de la manera siguiente. Fui al encuen­tro de los que eran considerados sabios, en el pensamiento de que allí -si era posible en algún lado- refutaría la sentencia del oráculo, demostrándole que «éste es más sabio que yo, aunque has dicho que lo era yo». Ahora bien, al examinar a aquel con quien tuve tal experiencia -no necesito dar el nombre: era un político-, señores atenienses, y al dialogar con él, experimenté lo siguien­te: me pareció que muchos otros creían que este hombre era sabio, y sobre todo lo creía él mismo, pero que en realidad no lo era. En seguida intenté demos­trarle que aunque él creía ser sabio, no lo era. La consecuencia fue que me atraje el odio de él y de muchos de los presentes. En cuanto a mí, al alejarme hice esta reflexión: «yo soy más sabio que este hombre; en efecto, probablemen­te ninguno de los dos sabe nada valioso, pero éste cree saber algo, aunque no sabe, mientras que yo no sé ni creo saber. Me parece, entonces, que soy un poco más sabio que él: porque no sé ni creo saber». Después fui hasta otro de los que pasaban por ser sabios, y me pasó lo mismo: también allí me atraje el odio de aquél y de muchos otros.

De este modo fui a uno tras otro, bien que sintiendo -con pena y con temor- que me atraía odios; no obstante, juzgué que era necesario poner al dios por encima de todo. Debía dirigirme entonces, para darme cuenta de qué quería decir el oráculo, a todos aquellos que pasaban por saber algo. Y ¡por el perro!, varones atenienses -pues es necesario que les diga a ustedes la verdad-, esto es lo que experimenté: al indagar de acuerdo con el dios, me pareció que los de mayor reputación eran los más deficientes o poco menos, mientras que los otros, que eran tenidos por inferiores, eran hombres más próximos a la posesión de la inteligencia. Ustedes ven que es necesario que muestre las vueltas que di en mi penoso trabajo, para que la sentencia del oráculo se me tornara irrefuta­ble. En efecto, después de los políticos acudí a los poetas, tanto a los autores de tragedias como a los de ditirambos y a todos los demás, en la idea de que allí me sorprendería in fraganti, por ser más ignorante que aquéllos. Llevé así conmigo los poemas de ellos que me parecieron más elaborados, y les pregunté qué querían decir, a fin de que al mismo tiempo me instruyeran. Pues bien, me da vergüenza decirles la verdad, señores; no obstante, debo decirla. Prácticamente todos o casi todos los presentes hablarían mejor acerca de aquellos poemas que los que los habían compuesto. En poco tiempo me di cuenta, con respecto a los poetas, que no hacían lo que hacían por sabiduría, sino por algún don natural o por estar inspirados[4], tal como los profetas y adivi­nos; éstos también, en efecto, dicen muchas cosas hermosas, pero no entienden nada de lo que dicen. Algo análogo me pareció que acontecía a los poetas; y a la vez advertí que, por el hecho de ser poetas, también en las demás cosas creían ser los más sabios de los hombres, pero que no lo eran. Me alejé, entonces, pensan­do que allí tenía la misma ventaja que sobre los políticos.

Para terminar, acudí a los trabajadores manuales. Yo estaba consciente de que no sabía prácticamente nada, y que me encontraría con que éstos sabían muchas cosas hermosas. Y en eso no me engañé, ya que sabían cosas que yo no sabía, y en ese sentido eran más sabios que yo. Pero, señores atenienses, me pareció que nuestros buenos [amigos] los artesanos tenían el mismo defecto que los poetas: a causa de ejecutar bien su oficio, cada uno se creía que también era el más sabio en las demás cosas, incluso en las más difíciles; y esta confusión oscurecía aquella sabiduría. De este modo me pregunté, sobre la base del oráculo, si no era mejor ser como soy: no siendo sabio en cuanto a la sabiduría de ellos ni ignorante en cuanto a su ignorancia, en lugar de poseer ambas cosas, como aquéllos. Respondí tanto al oráculo como a mí mismo que es mejor ser como soy.

De esta manera, señores atenienses, se generaron muchos odios hacia mí, algunos muy acres y muy violentos, de los cuales surgieron muchos juicios falsos acerca de mí. En efecto, en cada ocasión los presentes creen que yo soy sabio en aquellas cosas en que refuto a otro; pero en realidad el dios es el sabio, y con aquella sentencia quiere decir esto: que la sabiduría humana vale poco y nada. Y cuando dice «Sócrates» parece servirse de mi nombre como para poner un ejemplo. Algo así como [si] dijera: «El más sabio entre ustedes, seres humanos, es aquel que, como Sócrates, se ha dado cuenta de que en punto a sabiduría no vale en verdad nada». Todavía hoy sigo buscando e indagando, de acuerdo con el dios, a los conciudadanos y extranjeros que pienso que son sabios, y cuando juzgo que no lo son, es para servir al dios que les demuestro que no son sabios. Y por causa de esta tarea no me ha quedado tiempo libre para ocuparme de política en forma digna de mención, ni tampoco de mis propias cosas. Antes bien, vivo en extrema pobreza a causa de estar al servicio del dios[5].

Sócrates (470-399 a.C.) y Platón (429-348) son filósofos atenienses

Guía de preguntas

(1) ¿Cómo caracteriza Sócrates la misión que le asignó el dios Apolo? (2) ¿Por qué la sentencia del oráculo es para Sócrates un problema? ¿Cuál es el problema que se le plantea? (3) ¿Por qué Sócrates se considera más sabio que aquellos a los que interroga? (4) ¿Por qué juzgó necesario poner al dios por encima de todo? (5) ¿Por qué afirma Sócrates que es mejor ser como es y no ser como los que son considerados sabios? (6) ¿Por qué afirma Sócrates que «en realidad el dios es el sabio»? (7) ¿Qué significa la frase socrática «sólo sé que no sé nada»? (8) ¿Qué relaciones encuentra entre la actividad socrática de investigación haciendo preguntas y la carrera, disciplina o profesión que ha elegido? (9) ¿Cree Ud. que también en su actividad hacer preguntas le podría acarrear odios? ¿Qué piensa hacer en esas circunstancias? (10) ¿Cuáles son las condiciones que permiten el acceso al saber según Platón?

Trabajo práctico

1. Identifique los datos que acompañan el fragmento que va a leer: autor, obra de la que fue extraído, título que hemos dado al fragmento en la presente selección, notas aclaratorias.

2. Lea atentamente el texto con sus notas y señale en él los aspectos que considere importantes así como aspectos que considere oscuros o que presenten obstáculos para la comprensión.

3. Cada texto tiene una estructura propia e identificable. En el caso de este texto, Sócrates: a) se propone responder a una pregunta; b) esclarece los motivos por los que se ha equivocado la respuesta; c) sustituye los motivos erróneos por otros verdaderos, que explican igualmente los hechos. Identifique en el texto cada uno de estos momentos e indíquelos.

4. Lea la guía de preguntas y, sin responderla, identifique en el texto frases o párrafos que puedan ayudarlo a responder la guía.

5. Ahora es el momento de discutir con el docente las dificultades y los conceptos señalados en el texto.

6. Finalmente, arme las respuestas al punto 3. y a la guía de preguntas. Comience por transcribir los fragmentos señalados y luego explíquelos en función de lo trabajado en la clase. Tenga en cuenta, también, que el manual de Introducción a la filosofía puede ayudarlo en la redacción de sus respuestas. Apele a él indicándolo debidamente.



[1] «Humana» significa aquí «propia de los hombres», en contraposición con cualquier sabiduría divina o propia de los dioses, tal como era la inspiración del poeta, del profeta o del adivino.

[2] El dios de Delfos es Apolo. El juramento o poner al dios por testigo era un procedimiento jurídico normal en la época. Cf. Foucault, M.: La verdad y las formas jurídicas, traducción de E. Lynch, México, Editorial Gedisa, 2da. edición, 1986, pp. 40-42.

[3] Los oráculos eran lugares sagrados donde el dios se manifestaba a los hombres, contestando las preguntas que se le formulasen mediante signos que eran interpretados por las pitonisas, que ejercían la función de mediadoras.

[4] La inspiración de las musas o de los dioses es una forma de conocimiento en la cual es insuflada, infundida o comunicada una idea, una imagen, una opinión o un afecto. Los poetas y los adivinos eran portadores de un saber que no era producido por ellos sino por los dioses.

[5] Platón: Apología de Sócrates, versión castellana de C. Eggers Lan, Buenos Aires, 9na. edición, Eudeba, 1986, pp. 126-33.

1 comentario:

David dijo...

Como tengo que preparar un trabajo para la facultad, necesito comenzar con la pregunta que es la filosofia y a partir de allí comenzar a armar el trabajo. Por eso estoy buscando mucha informacion al respecto

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